Del Pregón de la Semana Santa de 2004, pronunciado por D. Antonio Rodríguez Liaño.
“Sobre el tornavoz del púlpito de Santo Domingo está la pequeña imagen de San Vicente Ferrer, santo vigía del templo. Él ha visto a los ángeles confortadores, como paveros cofrades, correr por la iglesia detrás de los niños.
Y es que Santo Domingo tiene tantos Cristos de infancia, que es la guardería celestial de Jerez.
El de Rosario de los Montañeses, que siempre quiere estar en brazos. El Pastorcillo del Rocío al que le encanta repechar por el Simpecado. Algunos Desusitos de pañales, otros con túnica, uno que siempre está durmiendo sentado con su corderito y, encima de Él, el ojito derecho de la casa, eternamente amamantado por la Virgen de Consolación, en su carreta de plata.
Por eso, el Dulce Nombre de Jesús, tenía que estar en el título de la Cofradía que mejor conoce las excelencias del Rosario.
Pero Confortación, distraída todo el año por la chiquillería, cuando sale el Jueves Santo, sólo tiene en su pensamiento la estampa de Getsemaní.
Cuentas blancas, cuentas negras
un rosario en movimiento.
Confortación las enhebra
para el que reza en el huerto.
Santo Domingo se queda
desangelado y sombrío,
dos ángeles de la guarda
se pierden entre el gentío.
Porque el Jerez penitente
tiene séquito y cortejo;
uno es el cuerpo de gente,
nazareno el otro cuerpo.
La segunda Eucaristía
bajo un olivo comienza;
hay un Gallo Azul que reza,
los naranjos se arrodillan.
Llegando a la Catedral
transpira sangre el Maestro,
reza Jesús en el huerto
como el pozo en su brocal.
El ángel enajenado,
como en un quiero y no puedo,
por la Plaza de Plateros
solicita un aliado.
El miedo del Verbo Eterno
es una espada de frío;
tiene dentro tanto invierno
que su aliento es un quejío.
El ángel de la Roldana,
al oír el santo y seña,
pide permiso a su Dueña
con reverencia cristiana.
Y le suplica el calor
materno a Santa María,
entregándole al Señor
toda la candelería.
Sin ángel ni candeleros,
Confortación solitaria
va escuchando las plegarias
que rezan sus costaleros.
Por entre las aceitunas
sobre el cáliz se ha posado,
la más llena de las lunas
que Jesús ha consagrado.
Por confortar a los hijos,
una madre ¿que no haría?.
No se escucha otro estribillo
por toda la Tornería.
Confortación necesita
de su ángel de regreso,
mientras Jesús le recita
una Oración en el Huerto.”
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